domingo, 19 de mayo de 2013
ahora quiero que cierres los ojos
sábado, 16 de julio de 2011
la superficie rota
miércoles, 13 de julio de 2011
la cruz y el cordero en el mapa
que los pájaros, que se refugian de la inclemencia luminosa, escondiéndose, bajo las ramas más pobladas de hojas, lo anuncien, como siempre, con ese plato enlozado, ordinario, de una vez por todas, que es el gorjeo matinal de los gorriones, cayendo sobre los techos sin ningún orden;
que se dibuja, tal como sucede en esos viejos mapas que servían para buscar tesoros que nadie jamás encontraba; una Cruz, un símbolo duradero, más duradero aún cuando sobre ella aparece —como recién hecho— un cordero, teñido de sangre;
que podría decirse que se trata de un cordero encarnado, eso que vemos,
y aún así no sería exacto, digamos entonces, y al fin, que se trata de un cordero, simplemente rojo-bermellón-colorado, algo así, de fábula;
que esa Cruz indica el punto de partida, porque el viaje que nos llevará, y este es el momento, y no das flores;
que de la sustancia de la luz de la mañana se fue hinchando su propia panza traslúcida hasta hacerse barriga abominable
ya sabes
las cosas que son, tienen siempre un inicio: dan flores;
un nacimiento, un punto de partida, un corporizarse, una clave de sol, una cierta magia, una costura, un añarakó[1]; sí, un canal
las cosas que son, tienen siempre un inicio: dan flores;
son engendradas, quitadas de una galera, caídas de la manga,
son
un deslizarse desde un adentro a otro adentro, y así, sucesivamente, hasta el mar último último primero[2];
no sé en qué adentro estamos ahora,
pero los puntos cardinales aquí son sólo tres, el Sur y el Norte. Se divisan además un Atrás y un Adelante, ¿adónde iré?
¿adónde ir con tanta luz; sin flores?;
no estás sentado en el mangal y no das flores
no marca el reloj las cinco y treinta de la mañana y no das flores
ya todo hace más de una hora y no das floresviernes, 2 de julio de 2010
la superficie rota
sábado, 19 de junio de 2010
la muerte propia
jueves, 17 de junio de 2010
una trampa es una trampa
miércoles, 24 de febrero de 2010
ÉPICA DEL INFIERNO Y LOS ROEDORES - tercera parte
opacidad volúmenes y cuerpos — sin definición — no es posible una descripción detallada más allá del ahogado gruñido —la velada imagen de un mundo cuya fuerza es la desesperación del presentimiento — no hay lo abandonado — no hay lo perseguido — tránsito absoluto inevitable como las plumas que le crecen en el cuerpo a las aves o la inmodulada voz de un grito animal — una guía en medio de aquella manada
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manada y jauría tendrán que encontrarse en el ida y vuelta de la superficie al centro, del centro a la superficie — estampidas en ambas direcciones — el miedo que ocupa todos los cajones y se desbarranca — el miedo que los ata y empuja — nadie muere pero no se puede afirmar que alguien esté vivo en estas profundidades
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un vaho, un hálito cristaliza las paredes de barro — espejos de una realidad que no puede verse — el reflejo que está en el más allá permite ahora percibir el modo galopar del devenir — toboganes de cristal untados de una materia oleosa —
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asomar la cabeza en la superficie, en la boca barrosa del otro mundo, posee un color inexpugnable — todo lo que había sido erigido reposa en los subsuelos — no se ha derrumbado — la ciénaga abrió su bocaza — de la dañina luz enturbiadora brotó el hálito de cristal y fundó un gran espejo negro — deambulan ciegos los antiguos custodios — sus fauces ahora sin dientes — ya no los necesitan — ningún alimento
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ni aguas ni espacio aéreo — no más la superficie — no más la profundidad — no más el alto cielo — el temor y sólo el temor vive en el temor que se ha hecho temor y más temor, cada vez más temor — sin exclamaciones — la simple mudez de todas las cosas vivas e inertes — recluidos para siempre los sonidos que impregnaban la opacidad en cada pared y los liberaban luego en las profundísimas madrugadas para asombro de guardianes y desprevenidos — recluidos para siempre —
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se podría decir que sólo abajo — más abajo — muy abajo hay algún indicio — aunque no hay jadeos ni resplandores — sólo espejos negros de una materia confusa y dura — empellones — extremidades callosas que se hunden en la propia carne y manchan — viscosidades — y el sordo temblor de los canales oscuros — estallido
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roedores con escamas quiebran — no podría definirse especie alguna en el agresivo fulgor de sus presencias — maravilla de las profundidades — del centro del centro — hechos y contrahechos en un mismo cuerpo — uno y miles en la oscuridad y sin embargo la furia de sus dientes claramente dibujada en fuegos de colores sobre los retazos afilados de los quebrados espejos — la irrupción — el quebraderal — cristales y fuego y escamas y barro y sangre y reflejos y el animal uno y vario que se abalanza — los buscadores se funden en una sola masa con las paredes de los túneles — parece entablarse la vieja lucha entre quietud y movimiento
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forman capas sobre el barro — las fauces despedazan — no puede saberse si es una o multitud — al menos no así tejidos de manera tan convencional — hay dos formas inevitables de dibujar las puertas : escape y fuga — las crestas erizadas — un vaso de agua en este mismo momento puede ser un tobogán al cielo o al infierno — la música de un casco de naranja inútiles mapas para el monte cerrado : de una linterna, imprecisa luz — encontrarla — ay, encontrarla — radiante, allende los troncos y espinas — la fruta en el momento de ser calada por un cuchillo cuyo filo oxidado constituye una parodia sin escenario posible — y arrancan la piel y la ponen en las tapas del libro de la vida — la forma o el puro olfato — la vieja historia de acoplar instintos — y se los traga la oscuridad — y reposa sobre las sábanas una vibración
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una composición musical que en sí esconde de los extremos — la flor que cae y la que se abre — un cielo que no se puede sacudir del sólo estar en silencio — y sin embargo a punto de saltar sobre sus víctimas — la calle ha sido trazada bajo la sombra de una versión anterior — escalera que no posee puntos de apoyo — hierbas en el mortero — la savia que surge en el vientre de madera — la sangre que se queda en el cuerpo — nada puede decirse sobre un mundo que no les pertenece
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la máquina no es infalible — su torpeza es de un color agrio — pestilencia tiene el instante — su esencia está en las dentelladas — las fauces se cruzan unas sobre otras en una sola nota, altísima, chirriante, en el grito de quienes salen del barro y al barro vuelven — los roedores regresan — los ciegos con sus escamas — y su escarbar hacia el centro cesa — la ausencia todo lo cubre — el silencio le tapa cada uno de los sentidos — diente con diente — garra con garra — las esporas sí, la expansión
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y en el hueco donde se seca la sangre, el derrumbe de lo excavado — y en la superficie no más que una gelatina sin límite — la que se agita leve aún es atraída por otro astro de mayor poder —