domingo, 3 de febrero de 2008

La Espuma o el recurso de lo efímero: la historia, algún comentario y una muestra breve

recuerdo el lugar donde esta historia comenzó. carmiña martínez, la coreógrafa que, creo, hoy está fuera del paraguay, tenía un estudio que utilizaba para ensayos de danza sobre la calle américa o una de sus paralelas, cerca de la recoleta, a media cuadra de la avenida españa, en asunción (paraguay) claro. la construción modernosa, a la manera de búnker de medio pelo que luego fue estudio fotográfico de no me acuerdo bien qué fotógrafo publicitario argentino, lo sé porque fui a hacer algunos trabajos allí. la construción medio modernosa o posmodernosa, había conservado una arboleda en los fondos del terreno. estuve allí una tarde de invierno. fui a acompañar a alguien. me quedé en el patio y comencé a borronear algunas cosas en mis apuntes. en ese momento brotaron tres nombres: uno) malúrinvé, dos) lamárampírra, y tres) micámicéfa y un título genérico: los libros de la espuma. de los tres proyectos sólo uno (el uno) se concretó en libro y fue más o menos fiel a la idea original. el resto no sé adónde fue parar. en todo caso de lo que quedó, de los restos, de las excrecencias se levantó la espuma o el recurso de lo efìmero, textos que dieron vuelta sobre diversos escritorios, mesas, camas, baños y cuanto lugar pueda uno imaginar. finalmente. la espuma se terminó de plegar sobre sí misma con un texto escrito en ninguna parte, o sea, escrito en tránsito, en viaje. más precisamente en un viaje de asunción a posadas. olga zamboni debe recordarlo bien porque fue gracias a su hospitalidad y generosidad que yo pude viajar mucho a posadas e incluso trabajar para gente de esa ciudad. osvaldo mazal también porque en su programa radial de cronopios en radio universitaria leí ese texto inmediatamente luego de haberlo escrito, la noche siguiente al viaje. esa lectura está registrada en un casette que en algún lugar, entre las tantas cajas de cartón que se apilan en mi casa, ha de estar. debo prometer recuperarlo. eso se hace cuando uno recuerda algo que podría ser valioso, porque según mi amigo marcelo leites la espuma es mi mejor libro, cosa que debo negar necesariamente pues no puedo haberme quedado colgado en el año 1999, atrasado ¡un siglo!
pistas hay muchas, de este libro. en realidad su edición es de autor. yo mismo le inventé un sello porque me daba cierta estúpida vergüenza, pero todo el mundo sabe que lo edité de mi bolsillo. si se investigara por ejemplo un incendio ocurrido en uno de los depósitos del correo paraguayo y los posteriores reclamos que deberían estar en algún archivo por ahí, seguramente un incendio ocurrido entre diciembre de 1999 y febrero de 2000, encontraríamos un reclamo sobre un cierto número de ejemplares que se destruyeron en ese incendio. hay incluso alguna nota en un diario al respecto. la anécdota es simple. debía yo despachar una cierta cantidad de libros a diferentes puntos del mundo, los enviaba a amigos, colegas en general, y me demoré, llegué cerca de las 11 de la mañana al correo de la calle alberdi, casi enfrente del cabildo de asunción. a esa hora el correo del día ya había partido hacia el aeropuerto, por lo tanto mis despachos, me lo advirtieron, saldrían al día siguiente. confiado en la eficiencia postal, sólo me enteré del incendio cuando las personas a las que les había prometido mi libro me decían que el envío no les llegaba. así descubrí que ese día como diría charly garcía "se había producido un incendio".
ah, olvidaba decir que en aquel patio de los libros de la espuma, de los neologismos, y la arboleda, ese día de invierno, que no sé cuál era, las hojas secas se arrastraban en el suelo y el viento a medida que avanzaba la tarde calaba más y más hondo.
hay un comentario de jesús ruiz nestosa sobre este libro que me gustaría publicar aquí, prometo buscarlo en los archivos de abc color, fue publicado en el suplemento cultural algún domingo de enero o febrero de 2000.
LA OMNIPRESENTE LIVIANDAD DEL SER
por Rosa Gondra
Los poemas centrales de este texto crecen sobre una misma pregunta y respuesta que se multiplica en variantes y ramificaciones, formando una red convergente de significantes sobre la sustancia del ser. La reflexión filosófica se instala sin retórica en el territorio poético, abarcando lo bello y lo horrible, lo natural y lo artificial, lo inasible y lo obvio: “ESPUMA pura espuma / ¿de qué otra cosa estamos hechos? / ¿de qué otra cosa podría estar compuesto el poema? / de Espuma, claro, de espuma / de pura espuma, como el vuelo del pájaro / como el trino, de espuma”.
Estos versos avanzan impulsados por un viento lúdico, lejos de lo convencional, cohesionados sobre la imagen recurrente de la espuma, que encuentra su emblema en la ambigüedad del símbolo, donde lo leve, lo frágil y efímero también implica a su opuesto: “No hay torre inexpugnable sin espuma”.
El poeta no le canta a la rosa sino que la hace florecer en versos leves y cortos, con imágenes y ritmos que acompañan una mirada recreadora de objetos y lugares a través de la palabra. Coherentes en su unidad esencial, también el apéndice Fantasmas de la Espuma es una especie de diccionario para lectores cronopios que incluye una serie de postales que progresivamente perforan el paisaje para penetrar en el pasado, en el mito personal: “El palo borracho sí era de este mundo, yo veía salir su tronco enorme desde la tierra de mi patio y alzarse para que el avión a chorro lo viera y no perdiera el rumbo” (Estela).
Desde la objetividad de la lluvia ácida o la peculiaridad del nombre de una flor silvestre; desde el exabrupto hasta el amoroso uso del diminutivo, Montesino se revela experto en dar vuelta la escritura como un guante, para afianzar un subjetivismo que ignora la lógica. Sus versos respiran en el territorio de la paradoja, donde el poeta une los extremos de una costura imposible a través de un delicado lirismo, utilizado como si fuera una varita mágica.
El corpus de este libro se inscribe en lo que Italo Calvino define como el territorio de la levedad, aquel donde la literatura pierde peso, o mejor dicho pesadez, a fuerza de recursos esencialmente poéticos.

Santa Fe, junio de 2000
Este artículo fue publicado el sábado 3 de junio de 2000
en el suplemento literario del diario El Litoral de Santa Fe, Argentina
ALGO MÁS SOBRE LA ESPUMA
Escrito en Ninguna Parte
La espuma es polvo bruma niebla agua.
La espuma es ese sueño, el recuerdo borroso del sueño que no estoy seguro de haber soñado.
La espuma es borra, la espuma pastosa del banquete que me crece en la boca, esa cosa que nos queda del tiempo es la espuma.
Es, indudablemente, espuma, la honra, la gloria, los apellidos ilustres, el cielo azul, su intensidad: espuma celestial.
El cielo y las nubes, todas las formas conocidas de nubes y aun aquellas nubes vivientes que se alzaban con los campos, las mangas de langosta, digo; y las nubes de colores con las cuales Kurosawa ilustraba la muerte y las nubes terribles, la de Chernobyl, por ejemplo; y aún las nubes volcánicas que viajan miles de kilómetros en el lomo del viento para caer sobre el techo de mi auto, pegajosas; y aún el viento así de transparente y la transparencia en sí, la de los ventanales.
La espuma de tu vientre que se descuelga entre los labios de tu vulva encendiendo el deseo, el fuego inasible del pecho, el fuego que enciende los bosques y aún la espuma, la espuma artificial de los detergentes.
La espuma de la boca de la mujer de la que bebo las aguas esenciales.
La espuma, no es una cosa espumosa precisamente sino la estela invisible del vuelo del pájaro... y la que se va secando en lo alto poco después del paso de un jet.
La espuma es esa cosa tóxica negra que los ómnibus nos arrojan a la cara, espuma demencial.
El pequeño valle entre dos cerros está siempre completamente lleno de la espuma que el tiempo hace rodar por las laderas.
Indudablemente un árbol, un pájaro, un beso, están compuestos en forma primordial de espuma.
Y lo que queda de mí cuando me voy, te lo digo porque siempre me estoy yendo, es sólo espuma, mi espuma.
La lana de las ovejas, la que les crece en el cuerpo y la que les fue cortada, lo de adentro y lo de afuera, las plumas de los gansos, el pelaje del gato que en la casa flota en la porción de aire que el sol nos marca entrando por la ventanita.
Los olores del zoológico, que son el afuera del adentro sucio de las bestias.
La chaqueta brillosa del domador de fieras.
La seda gastada de esa chaqueta.
El instante en que saltan los jugadores de fútbol, todos a un tiempo, pretendiendo alcanzar el balón con sus cabezas.
Un grupo pequeño de árboles abigarrados por el miedo de estar así solos en medio de la planicie.
Los alambrados con púas para que el ganado no escape, los electrificados.
Los que separan y los que unen.
Los alambrados que forman rombos casi idénticos y terminan arriba con varias líneas oblicuas de más púas, no son acaso la espuma del temor.
El caucho de los neumáticos que se va quedando pegado en la calzada para siempre.
A más de la espuma que el mar nos arroja constantemente, tan bella en la distancia cuando alcanza el éxtasis en la cima de la ola, tan pordiosera y babosa sobre la arena sucia de la playa.
A más de esa espuma está la espuma de la que se compone el páncreas, por mencionar alguna de mis vísceras menos queridas, y la fétida espuma de los desechos que llevamos dentro y el perfume de las frutas que se pudren bajo la higuera y los mismos higos caídos cuando los arranco y les devoro el corazón rosado y los hongos de colores que infectan la herida y los blancos hongos que comen el árbol y el fino aserrín que las termitas dejan caer de su delirante fiesta de la madera.
La espuma es esto que me ahoga y otra vez me pregunto: ¿si no es de espuma, de qué otra cosa estamos hechos?


[a Héctor Osvaldo Mazal, junto a quien leí por primera vez este texto]
Fue una noche de septiembre, en los estudios de la radio universitaria de Posadas,
durante el programa "De Cronopios" que él mismo conducía.

1 comentario:

Autores dijo...

Para hablar de algunos de los más grandes: T.S. Eliot escribió "La tierra yerma", cuando tenía 22 años; Gabriel García Marquez, "Cien años de soledad", cuando era un joven desconocido y para hablar del neobarroco, género que le gusta mucho cultivar al autor de este blog, Néstor Perlongher, "Alambres", a los 37 años más o menos; después pasó el tiempo naturalmente y estos autores escribieron otras obras y ninguna de ellas a la altura de las mencionadas, pero siguieron escribiendo, no les preocupó demasiado saber ( si es que lo advirtieron) que nunca volverían a escribir una obra maestra como las que habían escrito, tampoco importaba demasiado supongo, dudo mucho de que cualquier escritor por más genial y diverso que sea en su producción pueda escribir más de una obra maestra en toda su vida...si puede escribirla alguna vez; quiero decir, Jorgito, que no importa demasiado cuándo escribe uno su mejor libro, por ese hecho además no quedás pegado en ninguna parte, al contrario, seguís buscando y a veces avanzás, a veces tropezás, a veces retrocedés..como en la vida misma, no? Salvo que vos creas que lo mejor es siempre lo que vas a escribir mañana...

Un abrazo,

Marcelo Leites